Elegir el empaque adecuado ya no es solamente una decisión operativa: influye en la vida de anaquel, los costos logísticos y el acceso a los mercados internacionales.
Por Jurjen Roerdinkholder*
México tiene una posición estratégica en el comercio mundial de alimentos. En 2025, sus exportaciones agrícolas alcanzaron aproximadamente 45 mil 700 millones de dólares y Estados Unidos adquirió cerca de 89% de ese total. Además, frutas, hortalizas, bebidas y productos destilados representaron 70.7 % de las importaciones agrícolas estadounidenses procedentes de México, según cifras del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA).
La relevancia del país es todavía más evidente en el sector hortícola. En 2023, México suministró 63 % de las importaciones de hortalizas de Estados Unidos y 47 % de sus importaciones de frutas y frutos secos. Esta participación convierte al envase en un componente esencial de la competitividad: el producto debe conservar su calidad desde la cosecha y el preenfriamiento hasta el cruce fronterizo, la distribución y la exhibición en el supermercado.
Al mismo tiempo, importadores y cadenas comerciales solicitan envases con menos material, mayor reciclabilidad y mejor trazabilidad. Para los productores mexicanos, el desafío consiste en atender esas demandas sin comprometer la inocuidad, la resistencia del empaque ni la vida de anaquel.
Menos material, pero mejor desempeño
Una de las tendencias más importantes es la reducción del peso del envase, conocida como lightweighting. Los nuevos diseños buscan disminuir el espesor de charolas, películas y cajas para utilizar menos materia prima y reducir el peso transportado.
En berries, uvas, tomates pequeños y otras frutas de alto valor, los envases transparentes tipo clamshell continúan siendo utilizados porque permiten observar el producto y ofrecen protección durante la manipulación. Sin embargo, están evolucionando hacia estructuras más ligeras, con menor cantidad de resina o con películas termoselladas que sustituyen las tapas rígidas.
La reducción de material no puede hacerse solamente con base en el costo por pieza. Antes de adoptar un nuevo formato deben realizarse pruebas de compresión, caída, vibración, refrigeración y vida de anaquel.
Un envase demasiado delgado puede deformarse durante el apilamiento, mientras que una caja con ventilaciones mal ubicadas puede perder resistencia o dificultar el enfriamiento. La Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) recomienda que los envases para productos frescos permitan la circulación del aire, soporten la manipulación y reduzcan los daños ocasionados por impactos, compresión y vibraciones.
Por ello, la tendencia no consiste simplemente en usar menos material, sino en utilizarlo con mayor eficiencia.
El contenido reciclado gana relevancia
El PET reciclado posconsumo, conocido como rPET, se está posicionando como una alternativa para las charolas transparentes de frutas y hortalizas. Su utilización puede ayudar a reducir el consumo de resina virgen y a cumplir los objetivos ambientales establecidos por supermercados, distribuidores y autoridades.
No obstante, utilizar material reciclado en contacto con alimentos exige controles específicos. La FAO señala que deben evaluarse el origen de los residuos, la eficiencia de los procesos de clasificación y descontaminación y la posible migración de sustancias químicas hacia el alimento.
Por esta razón, los productores y empacadores deben solicitar a sus proveedores información sobre:
• Porcentaje de material reciclado.
• Procedencia y trazabilidad de la resina.
• Cumplimiento para contacto con alimentos.
• Pruebas de migración.
• Resistencia mecánica.
• Compatibilidad de etiquetas, películas y adhesivos con el reciclaje.
El contenido reciclado también puede generar variaciones de color, transparencia o resistencia entre lotes. La validación debe realizarse bajo las condiciones reales de refrigeración, condensación, apilamiento y transporte.
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